Homilía del Nuncio Apostólico en la Asamblea General de la Conferencia Episcopal Mexicana

asamblea1

Homilía de
S.E.R. Mons. Christophe Pierre
Nuncio Apostólico en México

Asamblea General de la Conferencia Episcopal Mexicana
(5 de abril de 2016)

Eminentísimos Señores Cardenales,
Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos.

En el espíritu del Año Jubilar de la Misericordia y alentados por la grata visita y los mensajes del Papa Francisco, el momento actual se presenta para nosotros y para toda la iglesia que peregrina en México particularmente privilegiado. Momento de gracia que nos impulsa a vivir más plenamente nuestra vocación cristiana y a tomar creciente conciencia de nuestro ser pastores a semejanza de Cristo Jesús, para dar razón de nuestra esperanza e infundir a la tarea evangelizadora una nueva fuerza.

Se trata de un momento providencial en el que el Espíritu nos llama, ante todo, a tomar conciencia de nuestra originaria vocación bautismal. “Todo cristiano, de cualquier clase o condición, -afirma el Vaticano II-, está llamado a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (LG 40), esto es, a la santidad (Cfr. Mt 5,48). Realidad espiritual, la santidad, que debe manifestarse en la visibilidad de la Iglesia, es decir, en sus miembros, en sus proyectos, estructuras y en sus medios organizativos y materiales, en todo servicio individual y comunitario, en la entera vida de la comunidad eclesial, en las familias, asociaciones, movimientos, grupos, comunidades.

Santidad que es exigencia connatural a todo bautizado, pero que es exigencia particularmente obvia para cada obispo llamado por el Señor, -con palabras de San Gregorio Magno- “como centinela del pueblo de Dios que debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que están bajo su custodia” (Libro 1,11,4-6).

El ardor y el dinamismo evangelizador, por tanto, tienen que caracterizarse, ante todo, por un deseo fuerte y un empeño serio de santidad, sostenido y avivado con la oración constante. Sin esto todo se quedaría en simple activismo y en palabras que nadie escucha, en bellos organigramas y programas, en grandiosas estructuras y actividades que, sin embargo, si no surgen del estar con Cristo y no conducen a ser de Cristo, de poco o de nada sirven. “Perseverando en la oración” (Cfr. Hech 1,14), es como se avanza en la santidad y se edifica eficazmente la Iglesia. El Papa Pablo VI afirmaba que: “Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin Él. Sin la acción de la gracia, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o psicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor” (EN 75). 

Es este, globalmente, el marco en el que se coloca la persona, la vocación, la misión y la existencia de todo obispo. Una dinámica que a su vez reclama un espacio de cultivo y de realización específico, sin el cual nada de válido y eficaz es posible realizar en la Iglesia: este campo se llama koinonía; la comunión que es fruto y manifestación del amor que, “surgiendo del corazón eterno del Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da, para hacer de todos nosotros un solo corazón y una sola alma” (NMI 42). “En esto conocerán que son mis discípulos: si se aman unos a otros” (Jn 13,35). Realizando esta koinonía de amor, es que la Iglesia se manifiesta como signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano (Cfr. LG 1).

La Iglesia es, lo sabemos, el Pueblo reunido en comunión por el Señor Resucitado, y es, al mismo tiempo, sacramento de comunión (Cfr. GS, 42) en torno a Jesús que, la víspera de su pasión, rogó “que todos sean uno, como Tú, Padre, en mí y yo en Ti” (Jn 17, 21). ¡Que todos sean uno!, con una unidad libre de “mundanidad”, inspirada y motivada por aquella unidad, plena y perfecta, que nos es propuesta como ejemplo: ¡la del Hijo con el Padre, en el Espíritu Santo! (Cfr. Jn 10,30). ¡Unidad de amor, de comunicación, de identidad profunda, de entrega!

Pero la Iglesia no es un ser abstracto: ¡la Iglesia somos todos los bautizados!, y somos nosotros, todos y cada uno, quienes debemos ser artífices de la comunión eclesial que se hace patente y concreta en la “escucha”, es decir, en la “obediencia” vivida. Si la comunidad primitiva era “un solo corazón y una sola alma” (Hech 4, 32), era porque, al celebrar la “fracción del pan” sabían “escuchar”, con fidelidad y en abierta actitud de oración, la predicación de los Apóstoles: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Ibid. 2,42).

La Iglesia es comunión; es sacramento de común unión en el que, -como recuerda el Vaticano II-, cada obispo es “principio de unidad(Cfr. LG, 23); la identidad del pastor está orientada a la unidad, pues la Iglesia es la comunidad de quienes participan de una misma fe tutelada y enriquecida por el Espíritu de Cristo que sostiene la vida dinámica del Magisterio. De aquí que la mejor garantía para la eficacia y fecundidad del anuncio sea el testimonio de la unidad de la Iglesia

¿Cómo no recordar, en este contexto, aquellas palabras de Jesús que cuestionan y desafían, pero que al mismo tiempo dan confianza e inspiran serenidad?: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”; promesa indisolublemente unidas a su mandato: “ámense, como los amo yo”, “sean uno”, es decir, vivan la común unión que brota del encuentro conmigo, delestar conmigo y, desde ahí, estén y encuéntrense con “mis amigos”, siendo uno en el amor para que el mundo crea.

Acogiendo verdaderamente en su corazón y en su vida la palabra y la Persona viva de Aquel a quien habían encontrado, los discípulos de la Iglesia primitiva provocaron que la gente, al mirarlos, exclamara: “¡Miren cuánto se aman!” 

Aquellos que veían sus ritos, sus plegarias, su modo de vivir, todo les parecía enigmático, no lograban entender. ¿Por qué oraban de esa manera? ¿Por qué no eran como los demás? ¿Por qué tenían un modo de vivir tan lleno de amor, de sencillez, de fraternidad, de comunión? ¿Por qué vivían como si juntos tuvieran un solo corazón y una sola alma? ¿Por qué sufrían los tormentos con tanta serenidad y morían con tanta generosidad?

¿Por qué? La respuesta es una: Sencillamente porque aquellos hombres y mujeres habían encontrado a Jesús, el Hijo de Dios y se habían enamorado de Él, bien convencidos de que Jesucristo no era una idea, sino una persona: La Persona en la que se ha mostrado todo el amor de Dios que nos precede y toda la Omnipotencia divina de quien, tras haber vencido al pecado y la muerte, nos abre a la gran esperanza.

Para la Iglesia, el binomio comunión y testimonio es inseparable. Él define a la Iglesia. Jesús lo afirmó  diciendo: “en esto conocerán que son mis discípulos: si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13, 35). Sin comunión no puede haber testimonio, y el gran testimonio es precisamente la vida de comunión.

Gracias a ello, la Iglesia primitiva logró experimentar un constante crecimiento, una continua expansión y un creciente robustecimiento. Animada por el Espíritu Santo, la Iglesia se edificaba llena de gozo y consolación, y las diversas comunidades “se afianzaban en la fe” (Ibid., 16,5), guiada por los Doce (Cfr. Ibid., 1,12-26; 6,2-6; 8,14s; 11,22; 15,22s), y cuya cabeza es Pedro (Cfr. Ibid., 1,15-22; 2,14s; 5,29; 10,1-48; 11,1-18;12,5). 

Este fortalecimiento debe proseguir también hoy, comprometiéndonos por dar vitalidad y frescor al anuncio y al testimonio para suscitar en el mundo un atractivo semejante al provocado por la Iglesia primitiva. 

Yendo idealmente hasta el Cenáculo, miremos a los discípulos que permanecían juntos (Cfr. Lc 24, 49) en oración con María a la espera del Espíritu prometido. Que su actitud nos ayude a comprender que la fecundidad apostólica no es, ante todo, resultado de los programas y métodos pastorales, muchas veces sabiamente elaborados, sino fruto de la acción del Espíritu Santo invocado en la oración personal y comunitaria, sentida y perseverante (Cfr. EN 75), y de la disponibilidad de cada uno para acogerlo. La misión de la Iglesia, -ha dicho San Juan Pablo II-, antes de ser acción, es testimonio e irradiación de la comunión (Cfr. RMi 26).

Pongámonos bajo la mirada de Santa María de Guadalupe, pidiéndole que nos ayude a seguir incondicionalmente a Jesús “rostro de la Misericordia del Padre”. Pidámosle por todos y cada uno de nosotros y por todas nuestras iglesias particulares. Pidámosle por las familias, por toda la Iglesia, por el Papa Francisco. Pidámosle que cubra con su manto a todos los jóvenes, adultos y ancianos de la tierra mexicana. Pidámosle a Ella, Madre y Reina de México, que cuide siempre de su amado pueblo y obtenga a todos y todas, una fe firme, una esperanza constante y un amor siempre sincero y generoso. 

Así sea.

También te podría gustar...

Comentários no Facebook