“Venimos a adorarlo” (Mt 2,2)

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Tizimín, Yucatán a 6 de enero de 2015.- Muy queridos peregrinos: Es una grande alegría encontrarme con ustedes en este Santuario dedicado a los Santos Reyes. Han venido desde varias partes de nuestra Arquidiócesis, de nuestro Estado y varios Estados de la República como peregrinos tras los Magos de Oriente, los Santos Reyes. Siguiendo sus huellas, quieren descubrir a ese Dios encarnado entre nosotros puesto en el pesebre de Nazareth, Jesucristo Nuestro Salvador. Han venido a este  Santuario para venerar a estas Sagradas imágenes e imitar su actitud de adoración personal y comunitaria del rostro de Dios manifestado en el niño acostado en el pesebre.

 Como ustedes, yo también vengo como peregrino para imitar a los Magos de Oriente en su actitud de adoración y, arrodillarme ante la blanca Hostia consagrada, en la que los ojos de la fe reconocen la presencia real del Salvador del mundo.

 Los saludo y los recibo con inmensa alegría, tanto a aquellos que viven en esta comunidad parroquial como a los que han venido de lejos, caminando por las sendas de este mundo y los derroteros de su vida. Todos ustedes aquí reunidos, representan a tantos hermanos y hermanas que formamos el “Pueblo de Dios” y esperan, sin saberlo que aparezca en el cielo la estrella que los conduzca a Cristo, Luz de las gentes, para encontrar en Él la respuesta que sacie la sed de sus corazones.

 Quiero invitarlos a recobrar en este día y en este Santuario, la experiencia vibrante de la oración, como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quiero decir insistentemente: “Abre tu corazón a Dios”, déjate sorprender por Cristo. Dale el “derecho a hablarte” en este día. Abre las puertas de tu libertad a su amor misericordioso.

 Presente tus penas y tus alegrías a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz tu mente y acaricie con su gracia tu corazón. Este día bendito de alegría y deseo de compartir, haz la experiencia liberadora de la Iglesia como lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En la Iglesia y mediante la Iglesia llegarás a Cristo que te espera.

 Quiero invitarlos también a profundizar en su fe, a estrechar más nuestros lazos de comunión, a apasionarse por la Buena Nueva de la Salvación en Cristo y proclamarla en todos los ambientes: en la familia, en el trabajo, en esta sociedad en la vivimos, en tu comunidad parroquial, en el lugar donde te encuentres.

 Estamos aquí como peregrinos tras las huellas de los Magos. Según la tradición en griegos sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. San Mateo refiere en su evangelio la pregunta que ardía en el corazón de los Magos: “Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? (Mt 2,2). Su búsqueda era el motivo por la cual emprendieron el largo viaje hasta Jerusalén. Por eso soportaron fatigas y sacrificios, sin ceder al desaliento y a la tentación de volver atrás. Esta es la única pregunta que se hacían cuando estaban cerca de la meta. También nosotros hemos venido a este Santuario porque hemos sentido en el corazón, si bien de forma diversa la misma pregunta que inducía a los Magos del Oriente a ponerse en camino. Es cierto que hoy no buscamos un rey, pero estamos preocupados por la situación del mundo y preguntamos ¿Dónde encuentro los criterios para la vida; donde los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y el futuro de nuestro mundo? ¿De quien puedo fiarme, a quién confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón?. Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Quien tiene el poder de instaurar el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo puedan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas significa además buscar a alguien que ni engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecerme una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella, si fuera preciso morir por ella.

 Como los Reyes Magos contemplaron a ese Dios hecho hombre en el pesebre, así contemplaremos con el mismo asombro a Cristo presente en el Tabernáculo de la misericordia, el sacramento del altar.

 Queridos peregrinos, la felicidad que buscan, la felicidad que tienen derecho a saborear, tiene un nombre y un rostro: el de Jesús de Nazareth, oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad. Di con María tu “sí” al Dios que quiere entregarse a ustedes.

 El Santo Padre Francisco nos dice: “sintamos cerca a los Magos, como sabios compañeros de camino. Su ejemplo nos anima a levantar los ojos a la estrella y a seguir los grandes deseos de nuestro corazón. Nos enseñan a no contentarnos con una vida mediocre, sino a dejarnos fascinar siempre por la bondad, la verdad, la belleza… por Dios, que es todo eso en modo siempre mayor. Y nos enseñan a no dejarnos engañar por las apariencias, por aquello que para el mundo es grande, sabio, poderoso. No nos podemos quedar ahí. No podemos contentarnos con las apariencias, con la fachada. Tenemos que ir más allá, hacia Belén, allí donde en la sencillez de una casa de la periferia, entre una mamá y un papá llenos de amor y de fe, resplandece el Sol que nace de lo alto, el Rey del universo. A ejemplo de los Magos, con nuestras pequeñas luces busquemos la Luz de Jesús.”

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