Todos son llamados a ser tierra buena

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XV Domingo ordinario

Dinámica Pastoral UNIVA

Dentro de cada hombre existe lo necesario para entender la Palabra de Dios y cosechar sus frutos
Mérida, Yucatán a (13/JUL/2014).- Bendición de Dios es la lluvia, que alegra los campos, todo es alegría. El campo se viste con el verde fresco del ambiente. Los pajarillos cantan. Retozan los ganados. Corren hilos de agua y asoma por todas partes el Sol en estos días de verano, jugando a las escondidas con las nubes.

El hombre del campo mira a todas horas las rutas de las nubes; adivina y siente la dirección y la intensidad de los vientos.

Es la hora de sembrar: las tierras abiertas esperan las semillas, para devolver multiplicado el grano en espigas, en mazorcas o en racimos.

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, salió Jesús el sembrador a dejar caer con amor la semilla, la palabra que salva, en los corazones de los sencillos, de los necesitados, de los dispuestos.

Hoy domingo decimoquinto ordinario del año, está la parábola del sembrador y la semilla.

“Unos granos cayeron  a lo largo del camino, vinieron los pájaros y se los comieron”. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el demonio y le arrebata lo sembrado en su corazón.

No entiende la palabra de Dios. Entender es un acto de la inteligencia, o puede ser, en alguna ocasión, también de la voluntad.

“Otros granos cayeron  en terreno pedregoso que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando salió el Sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron.” Significa el que oye la palabra y la acepta inmediatamente con  alegría, pero como es inconstante, no la deja echar raíces; y apenas le viene una tribulación, sucumbe.

“Otros granos cayeron entre espinos y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas”.

Representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las  riquezas la sofocan y se queda sin fruto.

“Otros granos cayeron en tierra buena y dieron frutos”.

El testimonio de la historia es alentador. La obra de la Iglesia ha sido fecunda a la mirada de los hombres, y lo ha sido ante los ojos de Dios.

El Hijo de Dios se hizo hombre para sembrar en la tierra la vida eterna; la Iglesia, sacramento de salvación, tiene la misión de sembrar; los hombres y las mujeres, todos son llamados a ser tierra buena.


LA PALABRA DE DIOS

• PRIMERA LECTURA:

Isaías 55, 10-11

“Mi palabra, no volverá vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”.

• SEGUNDA LECTURA:

San Pablo a los Romanos 8, 18-23

“Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”.

• EVANGELIO:

San Mateo 13, 1-23

“Dichosos sus ojos, porque ven. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron”.

• Sembrar

Si Dios bendice las siembras, corresponde al hombre el sembrar. Dios dio al hombre el encargo de perpetuar en la tierra toda semilla y de salvarla del diluvio; en caso de hambre debe buscar esta semilla, protegerla contra todo contacto impuro.

Al hombre corresponde también el rudo laboreo, y así es como se debe cultivar la sabiduría. Esta responsabilidad se extiende, en sentido metafórico, en la elección de la semilla y del terreno. En efecto, se cosecha lo que se ha sembrado. Sembrar gérmenes extraños, idolatría, es obtener quizá una floración rápida, pero no una cosecha. Al sembrar la injusticia o la iniquidad se puede cosechar siete veces más de desgracia.

Hay que recordar siempre: “El que siembra mezquindad, con mezquindad también cosechará; y el que siembra con largueza con largueza también cosechará”. No sólo debemos sembrar en la carne, también hemos de sembrar en el espíritu, no en las espinas, sino en la paz y en la justicia.

El Creador, cuyo gesto podría compararse con el de un sembrador, no se muestra, sin embargo, bajo los rasgos del sembrador sino en contexto escatológico. El cristiano, sabiendo que el Hijo es a la vez la palabra de Dios y el germen divino, puede ver en Dios al que siembra su palabra en el corazón de los hombres y al que siembra en la tierra el germen, su verdadera descendencia.

Pareciera que nos hemos enfocado cada vez más sólo en la preparación de los terrenos, teniéndolos confortables y dispuestos, pero nos ha faltado la calidad de la semilla que se depositará en nuestras vidas, familias y sociedad. Un terreno dispuesto, sin una semilla de alta calidad como es Dios y su Palabra, será igualmente infecundo que el infestado de plagas.

• Dichosos los que pueden ver y oír

Decía san Jerónimo que para oír y comprender la Palabra de Dios, era necesario ir a ella, es decir, leerla, meditarla y reflexionarla, con humildad y sencillez.

Existen muchos distractores que impiden esa actitud, y por ende, escuchar y poner en práctica el plan de Dios revelado en la Sagrada Escritura o Biblia.

Uno de ellos es el ansia de poder. Cuando el egoísmo en una persona es muy grande, ésta cree que todo gira alrededor de ella, y llega a pensar que puede controlar a los demás e, incluso, el curso mismo de la vida y del destino. La soberbia en grado sumo engaña de tal forma a la persona que la hace perder totalmente el sentido de la realidad, y le hace pensar que para ella no hay imposibles, que todo lo que se propone lo puede lograr, aunque pase por encima de otros, y aunque se valga de ellos, no importando de qué forma, y para lograrlo necesita del poder, de mecanismos de dominio y manipulación.

De esa ansia de poder se vale Satanás para exacerbar el egoísmo, suscitando verdaderos tiranos, dictadores en todos los ambientes,  no sólo en los gobiernos de los estados y los países, sino también en el seno mismo de la familia, de las empresas, hasta de la Iglesia misma.

Lo más grave de todo es que se puede combinar en una sola persona, por así decirlo, un ‘cocktel’ con estos tres elementos: Ansia de poder, de tener y de placer, y llegar a ser un verdadero azote para los que lo rodean, y la persona, la más infeliz, insatisfecha, triste, angustiada, frustrada, etc.

Solamente Dios -afirma Santo Tomás de Aquino- reúne en grado infinito todas las condiciones requeridas para ser felices: Dios es el Bien supremo e infinito que no se ordena ni puede ordenarse a otro bien más alto (…) Su perfecta posesión y goce tiene que llenar forzosamente todas las aspiraciones del corazón humano (Suma Teológica).

Y quien posee a Dios en su corazón, no puede menos que amar y entregarse al servicio de los demás, pues en él ya no hay egoísmo, soberbia, avaricia, sensualismo, ni nada por el estilo.

Jesús, en el Evangelio de este domingo, les llama dichosos a quienes pueden ver y oír, es decir, a quienes no se cierran a su realidad y, como en nuestra historia, se ven en el espejo, y cayendo en cuenta de ella, vuelven sus ojos a Él y a los demás, pues es ahí en donde se encuentra la verdadera felicidad.

Esta reflexión es, pues, una invitación a que nos veamos en el espejo de nuestra realidad y luego volvamos nuestros ojos para ver la realidad de los demás y actuar en consecuencia.


• Cosecharemos si sembramos.

Entusiasmados por la euforia de los juegos de la Copa Mundial que tanto ruido han hecho en estos días, y de los cuales hemos escuchado infinidad de noticias y comentarios, acaso nos hayamos olvidado de aquello que toca más directamente a nuestra vida.

Hay momentos en que la multitud grita alucinada: ¡ganamos! O bien: ¡perdimos! Y yo preguntaría: ¿qué ganaste o qué perdiste tú, personalmente?

Bien, a veces yo he perdido mi tiempo en ocasiones precioso, a veces lo que he tenido como un tiempo de esparcimiento o diversión… pero lo que verdaderamente atañe a mi vida, a lo más íntimo de mi ser, es lo que acaso me pregunte en serio el Señor ¿qué es lo que estoy sembrando en mi corazón? Porque allí sí será mío lo que gane o pierda.

El Señor Jesús nos invita, nos indica, nos enseña… y sus palabras siguen resonando a través del tiempo en cada vida. Si sembramos lo bueno, el bien, lo verdadero… tendremos un futuro luminoso; si en cambio sembramos mentira, maldad, falsedades, egoísmos…  no nos extrañemos de que en nuestra vida broten cosas indeseables.

Por eso en estos momentos en que todavía estamos a tiempo, podemos acudir a Cristo Jesús y decirle desde nuestro corazón una Palabra que salga de la sinceridad:

ORACIÓN

Señor Jesús yo sé que Tú eres la Verdad pura,
la Palabra que no engaña,
el que nos da enseñanzas que llevan vida y
nos encaminan a la Vida eterna.
También yo quiero sembrar buenas semillas
en el solar de mi corazón,
para que  nunca tenga que lamentar
que crecieron malas yerbas en él.
Señor Jesús, déjame escucharte,
permíteme imitarte, quiero seguirte
hasta el último día de mi existencia.
Amén

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