En la Iglesia, ¿hay sacerdotes casados y con hijos?

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Algunas excepciones muy concretas que seguro que no conocías

Si bien es cierto que el celibato es una de las condiciones para recibir el sacramento del Orden Sacerdotal en el grado del presbiterado y en consecuencia los sacerdotes que ejercen su ministerio en la Iglesia no son casados, también es cierto que en la Iglesia hay algunas excepciones muy concretas en las que hay sacerdotes casados y con hijos ejerciendo su ministerio:

1.- Algunas Iglesias de rito oriental (Los maronitas libaneses o los coptos egipcios, por ejemplo) permiten la ordenación de personas ya casadas.

2.- La Iglesia greco-católica en Ucrania (de rito oriental), que se unió a la Iglesia Católica en el año 1696 con tres condiciones: continuar con su liturgia, su tradición y su disciplina. Una de esas tradiciones ha sido y es el que la mayoría de sus sacerdotes se casan.

En el mundo de la Iglesia ortodoxa los sacerdotes pueden casarse o permanecer célibes. Pero sólo pueden casarse antes de ser ordenados sacerdotes. Si escogen ser célibes antes de ordenarse y llegan al sacerdocio como tal tendrán que mantener como sacerdotes el celibato. Y los obispos serán escogidos dentro de los sacerdotes célibes.

3.- Hay viudos que, indiferentemente de que hayan sido o no padres de familia y/o abuelos, han sido llamados al sacerdocio directamente, recibiendo previa y obviamente el diaconado transeúnte, o a través del diaconado permanente.

4.- Los sacerdotes que se integran a la Iglesia Católica procedentes de la confesión anglicana o episcopaliana. Esta integración ha sido posible gracias a la Provisión Pastoral de Juan Pablo II del año 1980 (que sólo contemplaba los casos individuales de sacerdotes episcopalianos que estaban interesados en abrazar el catolicismo) y la Constitución apostólica Anglicanorum Coetibus de Benedicto XVI del año 2009. Sons acerdotes activos casados y con hijos.

Estos casos son algo muy excepcional pues dentro de la Iglesia Católica un casado por la Iglesia o por lo civil, con o sin hijos, no podrá formarse para ser sacerdote (Canon 1.042). Al menos mientras esté vigente el matrimonio canónico (hasta que la muerte los separe o por dispensa en caso de matrimonio rato y no consumado (Canon 1.142)), un hombre no se le podrá servir a Dios ni a su Iglesia como sacerdote.

En consecuencia, la condición esponsal y paternal de estos sacerdotes no se ha considerado un impedimento para ejercer el ministerio; eso sí, con condiciones.

Principalmente hay tres condiciones:

1.- En el caso de los anglicanos y episcopalianos ejercerán el sacerdocio después de haber sido ordenados ‘denuevo’ en la Iglesia Católica, pues los anglicanos perdieron la sucesión apostólica, por lo que los obispos y sacerdotes no fueron ordenados ni válida ni lícitamente.

2.- El divorcio no se contempla; está fuera de discusión.

3.- Si estos sacerdotes enviudan, no se podrán volver a casar.

Ahora bien, las excepciones antes mencionadas no serán nunca una motivación para eliminar el celibato en la Iglesia.

Los que están a favor de que se generalice una excepción o de que se conceda, aunque sea de manera opcional, el matrimonio para sacerdotes o el sacerdocio para casados desconocen lo que realmente implica el sacerdocio ministerial y lo que realmente implica una vida conyugal y familiar; realidades que son prácticamente incompatibles.

La solución a problemas como, por ejemplo, la falta de vocaciones o el envejecimiento del clero hay que buscarla en otro lugar; la solución comienza por la fidelidad a Dios y a la Iglesia, y no cambiando o modificando las multiseculares ‘reglas de juego’. Después de 2000 años de vida eclesial cada vez más se confirman y se consolidan esas ‘reglas de juego’ pues, entre otras cosas, la Iglesia está llamada a ser ‘Lumen Gentium’, luz de las gentes. Tampoco hay que creer la idea de que si los sacerdotes se casaran y tuvieran hijos implicaría nuevos y mejores tiempos para la Iglesia y su misión.

La descristianización del mundo no encontrará en los sacerdotes casados un freno; basta con mirar, por ejemplo, los problemas que tienen las realidades protestantes.

El permitir el matrimonio a los sacerdotes no provoca necesariamente un renacimiento espiritual o algún crecimiento ni en cantidad ni en calidad. Bien al contrario, hay que reconocer que si los sacerdotes casados podrían resolver algún problema (p.e., presencia eclesial en lejanas tierras de misión), crearía muchos más y más graves.

(Henry Vargas Holguín)

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