El Papa reza en el Coliseo con el Vía Crucis de una madre de familia

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La biblista francesa Anne-Marie Pelletier presenta los niños aterrorizados y las embarcaciones sobrecargadas de refugiados

Raniero Cantalamessa invoca un Cristo sereno de Dalí como símbolo de esperanza

Roma.- Al término de un Vía Crucis nocturno conmovedor, el Papa Francisco manifestó anoche, en una oración dolorida e intimista, la vergüenza por la sangre inocente derramada cada día de mujeres, niños inmigrantes y personas perseguidas por el color de su piel, por su pertenencia étnica o por su fe en Ti.

Manifestó también vergüenza por las imágenes de devastación, destrucción y naufragios que se han vuelto ordinarias en nuestra vida, así como por nuestro silencio ante las injusticias.

Pero lo más impresionante, en una clara referencia al abuso sexual de menores, fue la confesión de su «vergüenza ante todas las veces que nosotros, obispos, sacerdotes y personas consagradas hemos escandalizado y herido tu Cuerpo, la Iglesia».

Era una oración dolorosa pero a la vez confiada, en la que Francisco reafirmaba su seguridad en el perdón de Dios y la esperanza de que tu Iglesia intentará ser la voz que grita en el desierto de la humanidad para preparar el camino de tu regreso triunfal, cuando vengas a juzgar a vivos y muertos.

En una jornada de gran intensidad espiritual, el Santo Padre dio comienzo a los oficios de Viernes Santo postrándose cuatro minutos sobre el pavimento de la Basílica de San Pedro y escuchando una hermosa homilía sobre la esperanza. Caída ya la noche sobre Roma, Francisco participó en el Vía Crucis nocturno en el Coliseo, rezando de la mano de las meditaciones escritas por una biblista y madre de familia francesa, Anne-Marie Pelletier.

A causa de las dificultades que suman sus ochenta años, los problemas articulares y la ciática, el Papa Francisco tuvo que ser ayudado por dos sacerdote a postrarse sobre el pavimento de la basílica de San Pedro al comienzo de los oficios del Viernes Santo.

Su oración, en un silencio que se podía cortar, se prolongó un minuto, dos, tres… y así hasta llegar a cuatro durante un tiempo que parecía hacerse interminable en una Basílica sin flores y sin adornos, que no aparecerán hasta la noche del sábado, vigilia de la Resurrección.

Los oficios del Viernes Santo se caracterizan porque el Papa no predica sino que se limita a escuchar la homilía del predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, un capuchino de 82 años, miembro de la renovación carismática católica desde que recibió inesperadamente el bautismo del Espíritu en 1967.

El padre Cantalamessa, nombrado predicador de la Casa Pontifica en 1980 por san Juan Pablo II, lleva nada menos que 27 años dirigiendo la homilía ante los Papas en la ceremonia que rememora la Pasión y muerte de Jesús.

En este Viernes Santo, el capuchino tímido y de barba blanca comenzó su meditación refiriéndose a los atentados del Domingo de Ramos en Egipto y la facilidad para olvidar en poco tiempo la muerte de los inocentes.

Ante un llamativo contraste, Cantalamessa se preguntaba: «¿Por qué, entonces, después de 2000 años, el mundo recuerda todavía la muerte de Jesús de Nazaret como si hubiera sucedido ayer? El motivo es que su muerte ha cambiado el sentido mismo de la muerte», convirtiendo el dar la vida por otros en la antesala de la resurrección.
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Una sociedad líquida

Cantalamessa, doctor en literatura además de teología, citó la sensación de fragmentación y de que vivimos en una sociedad «líquida», ya no hay puntos firmes, ni valores indiscutibles; todo se ha vuelto fluctuante, incluida la distinción de sexos, con la impresión de vagar a través de una nada infinita.

La desazón contemporánea tiene múltiples motivos pero es importante no equivocarse en el diagnóstico. Según el padre capuchino, «no es verdad que ‘donde nace Dios, muere el hombre’ como decía Sartre, sino lo contrario: donde muere Dios, muere el hombre».

En un pasaje bellísimo, Cantalamessa recordó que Salvador Dalí pintó un Crucificado que parece una profecía de esta situación. Una cruz inmensa, cósmica, con un Cristo monumental, visto desde arriba, con la cabeza reclinada hacia abajo. Sin embargo, debajo de él no existe la tierra firme, sino el agua. El crucifijo no está suspendido entre cielo y tierra, sino entre el cielo y el elemento líquido del mundo.

Efectivamente, El Cristo de San Juan de la Cruz, realizado en 1951, presenta un Crucificado en actitud muy serena suspendido en el aire sobre un paisaje de la bahía de Port Lligat envuelta en una extraña luz y misteriosas nubes.

Según Cantalamessa esa imagen trágica, con el trasfondo de una nube que podría aludir a la nube atómica, contiene, sin embargo, una certeza consoladora: ¡Hay esperanza incluso para una sociedad líquida como la nuestra! Y la hay porque encima de ella está la cruz de Cristo, cantada en la liturgia del Viernes Santo como Salve, oh cruz, esperanza única del mundo.

Tomando la imagen de una famosa novela, el padre capuchino ha afirmado que «el corazón de tinieblas no es solamente el de algún malvado escondido en el fondo de la jungla. En distinta medida está dentro de cada uno de nosotros.

Es lo que ya la Biblia llamaba el corazón de piedra», es decir, «el corazón cerrado a la voluntad de Dios y al sufrimiento de los hermanos, el corazón de quien acumula sumas ilimitadas de dinero y permanece indiferente ante la desesperación de quien no tiene un vaso de agua para dar al propio hijo.

Eran palabras que invitaban a hacer examen sobre la propia conducta y no sobre la de los demás, dejando de lado la tentación continua de juzgar a los otros, de ser, como escribió Francisco, jueces implacables.

La liturgia en la Basílica de San Pedro, corazón mundo católico, dejaba claro que el El Viernes Santo es momento de humildad, de examen y de pedir perdón por los pecados propios.

Pocas horas después, ante las ruinas del Coliseo, escenario de martirio de los primeros cristianos, las meditaciones de la biblista francesa Anne-Marie Pelletier, profesora de Sagrada Escritura y Hermenéutica en el Seminario de París, ayudaban al Papa Francisco y a millares de fieles a acompañar a Jesús en los últimos momentos de su vida.

Su sensibilidad de esposa y madre de familia se notaba sobre todo en la decimotercera estación, cuando contemplaba a María, Madre de piedad, que recibe en sus brazos el cuerpo nacido de su carne y que ha acompañado tiernamente, discretamente durante sus años de vida, como madre que siempre cuida de su hijo.

María no estaba sola, pues la acompañaban algunas mujeres que tenazmente fieles» habían permanecido al pie de la Cruz después de que todos los discípulos hubiesen huido.

A lo largo de las catorce estaciones, la ganadora del Premio Ratzinger -el Nobel de teología- en 2014 fue presentando dramas del mundo contemporáneo, como el llanto de los niños aterrorizados o todo lo que hoy clama a Dios desde las tierras de miseria o de guerra, en las familias desgarradas, en las cárceles, en las embarcaciones sobrecargadas de emigrantes.
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Defender la bondad de la vida

Reconocía que «durante mucho tiempo los cristianos hemos cargado sobre tu pueblo Israel el peso de tu condena a muerte. Hemos ignorado que todos debíamos confesarnos cómplices en el pecado, para poder ser salvados por la sangre de Jesús crucificado».

Comentando la ayuda prestada por Simón de Cirene, Anne-Marie Pelletier pedía a Dios «bendecir a los hombres y a las mujeres de compasión que te dan gloria, aun cuando no saben todavía pronunciar tu nombre».

Además de mencionar la valentía del pastor evangélico Dietrich Bonhoeffer, ejecutado por participar en el complot contra Hitler, la biblista rindió homenaje a Etty Hillesum, mujer fuerte de Israel que se mantuvo en pie en medio de la tempestad de la persecución nazi, y que defendió hasta el fin la bondad de la vida.

Aquella mujer, camino del martirio, nos susurra al oído este secreto, que ella intuye al final de su camino: en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar, cuando llora por la miseria de sus hijos. En el infierno que invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios: «Voy a tratar de ayudarte«, le dice. Qué audacia tan femenina y tan divina.

En el 2011, el Papa Benedicto XVI encargó las meditaciones del Vía Crucis a la religiosa agustina María Rita Piccione. Al año siguiente lo hicieron conjuntamente Danilo y Anna María Zanzucchi, fundadores del movimiento Familias Nuevas dentro de los Focolares. Los laicos preparados ayudan a rezar.
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