Masako, la princesa de Japón que no está preparada para ser emperatriz

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La mujer del príncipe Naruhito ha sufrido depresión y estrés y ha tenido una reducida agenda oficial durante su tiempo en el Trono de Crisantemo

El príncipe Naruhito será Emperador de Japón próximamente tras el anuncio de su padre, Akihito, que tiene la intención de abdicar del Trono de Crisantemo debido a su delicada salud. Con él tomará el cargo de emperatriz su mujer, la princesa Masako Owada, a la cual no la ven preparada en el país nipón para adoptar tal posición de relevancia. Sus problemas con el estrés, sus pocas apariciones y su distanciamiento de la Familia Real como princesa precoupan a una sociedad nipona que espera de Masako el papel de liderazgo que ha adoptado la emperatriz Michiko, un espejo en el que fijarse para ella. Michiko, como Masako, no proviene de una Familia Real y también sufrió estrés en su juventud al entrar en la realeza nipona.

Las dificultades de la princesa Masako comenzaron con sus dudas para casarse con el príncipe Naruhito. Nacida en Tokio el 9 de diciembre de 1963, Masako pasó gran parte de su infancia en el extranjero debido a que su padre, Hisashi Owada, es un diplomático nipón y ex presidente del Tribunal Internacional de Justicia. Cuando Masako contaba con tan sólo dos años la familia se mudó a Moscú y cuando ésta cumplió cinco a la ciudad de Nueva York. Con ocho años volvieron a Japón pero ya en 1979, con dieceséis años en su haber y en su último año en el colegio, la familia Owada se instaló en Boston. Allí estudió en la prestigiosa Universidad de Harvard, en la que era profesor su padre, y tras acabar su grado volvió a Japón para perseguir la carrera que tuvo su padre. Lo consiguió al ser una de las 28 personas, de 800 solicitantes, que pasaron el examen de entrada al Ministerio de Exteriores nipón. Sin embargo Masako, quien no había parado de viajar no quería quedarse en su país y con una beca del ministerio fue a Oxford a cursar un máster, que no llegó a acabar.

Volvió a Tokio en 1990, donde cuatro años antes había conocido al príncipe Naruhito, que quedó prendada de ella. Ella, sin embargo, era reacia a abandonar su carrera diplomática para entrar de lleno en el Trono de Crisantemo. Naruhito, su gran apoyo, prometió protegerla y estar de su lado en todo momento. Masako aceptó casarse en 1992 tras rechazar en dos ocasiones la propuesta de Naruhito.

A pesar de todo la princesa sufrió mucho durante sus primeros años. Padeció una depresión por la que ha peleado ya una década y tuvo problemas con la vida de palacio y las presiones para tener un hijo. Una desciendente niña que nació hace 14 años, Aiko, y que debido a la prioridad que se da al hombre en la línea de sucesión no será Emperatriz, sino que lo será su primo, Hisahito, de 9 años de edad, el primógento del príncipe Akishino.

En 2004 el príncipe Naruhito se enfadó con la agencia de la Casa Real encargada de organizar las actividades públicas ya que, dijo, habían «agotado por completo» a su mujer. Cuatro años más tarde el príncipe pidió comprensión para su esposa tras las críticas de algunos medios, diciendo que «está realizando un esfuerzo tremendo para adaptarse a las labores de palacio». En 2012 Masako reconoció que había estado luchando contra una enfermedad que acarreaba debido al estrés. Desde entonces sus apariciones públicas han sido esporádicas, una labor clave para ganarse el respeto de los nipones.

«La popularidad imperial tiende a ser ganado a través de las apariciones públicas a lo largo del reinado», dice Kenneth Rouf, un profesor en la Universidad del Estado de Portaldn y autor del libro «El Emperador del Pueblo». «Si Naruhito hace eso no hay ninguna razón por la que pensar que será menos respetado que su padre. El caso de Masako es más difícil de prever», dice.

Estar unidos en el trono

Entre las labores del Trono de Crisantemo incluye asistir a ceremonias religiosas y abrir la legislatura de la Dieta Nacional, el parlamento nipón, aunque los actos de carácter social y benéficos son cada vez más populares e importantes en la agenda oficial.

La emperatriz Michiko se ganó el corazón de los japoneses defendiendo a las minorías y a los desfavorecidos y con un tono pacifista intentando cerrar las heridas causadas por la Segunda Guerra Mundial, en la que Japón salió derrotada y afectó a la moral y cultura del país. Michiko ha aparecido en la prensa arrodillada, con vestimenta informal, hablando con víctimas de desastres naturales y visitando centros de tercera edad y de discapacitados. Una impronta y un legado con el que tendrá que cargar Masako

«Lo importante es que los dos estén unidos. Él (Naruhito) le prometió a ella (Masako) que la protegería por encima de todo», dice Midori Watanabe, periodista y profesora en la Universidad Bunka Gakuen en la ciudad japonesa de Shibuya. «Creo que ella hará un esfuerzo por él.

Lo mismo opina Miiko Kodama, profesora emérita en la Universidad de Musashi, quien dice que la elevación al cargo de emperatriz podría despojarle de los complejos y problemas que ha tenido como princesa, como le pasó a su predecesora Michiko.

«Cuando Masako se convierta en emperatriz, su estatus más alto significará que más gente le escuchará», dice Kodama. «Con menos gente poniendo una innecesaria presión sobre ella, creo que podemos esperar que mejoren sus sensaciones». (DAVID SOLER)

 

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