Phelps se une a una noche mágica de la piscina de Río

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La estadounidense Ledecky, el británico Peaty y la sueca Sjostrom logran el récord del mundo en una jornada histórica en la que el nadador americano se hizo con su 23ª medalla olímpica en el 4×100

Suena ACDC en la atronadora megafonía de la piscina olímpica. Algo se huele el pinchadiscos. Va a ser una noche de fiesta, a todo volumen. Acierta. En las tres finales hay récord del mundo: la estadounidense Katie Ledecky, la versión femenina de Phelps, laminó la plusmarca mundial que ella misma tenía en la final de 400 metros libres: de 3.58.37 pasó a 3.56.46. Se sacó un cuerpo de distancia. Con 19 años es leyenda. Como empieza a serlo el británico Adam Peaty. También nadó solo, sin oposición. Y también peleó contra la marca mundial que había fijado en las series de los cien braza. Otra cifra para la historia. Otro récord de oro: de 57.55 a 57.13. Si ya solo él es capaz de bajar de 58 segundos, ahora hasta se acerca al límite de los 57. Y el tercer récord planetario fue el primero de la noche, el de la sueca Sarah Sjostrom en los 100 mariposa. El tercer número de una noche mágica: 57.48. Como Ledecky y Peaty, Sjostrom se mejoró a sí misma. Era una velada para bailar solos.

Y no hay solista como Katie Ledecky. Es como si estuviera hecha de corcho. La chica de Maryland, dicen los especilistas, flota. No nada, resbala sobre el agua, como si braceara tranquila sobre una tabla. Con esa ventaja natural, se ha convertido en la mejor nadadora del mundo. Voraz: dominadora de los 200, los 400, los 800 y el 1.500. En Londres 2012, con apenas 15 años, ganó el oro en el 800 libre. Esta madrugada ha recogido, como una superioridad aplastante, el título en 400 metros libres. El primer éxito individual de los que le esperan. Cuando ella se tira a la piscina el corcho se convierte en oro.

La pileta de Río se preparó para recibirla. Ovación. La princesa del agua. En este rectángulo de agua manda el cronómetro. No engaña. Vigente campeona olímpica de 800 libres y campeona mundial de 200, 400, 800 y 1.500 libres. Ha cruzado once récords mundiales y no pierde ninguna final. Un ciclón de 19 años que ha pospuesto su ingreso en la universidad de Satanford por estos Juegos. Los 400 metros ya son suyos. Lo eran antes de iniciarse la prueba. Sólo ella ha bajado de los cuatro minutos con bañador textil. De las diez mejores marcas de todos los tiempos, siete son suyas. Hace un año, en el Mundial de Kazán, saltó a otra dimensión: fue la mejor en todas las distancias entre el 200 y el 1.500. Parece insaciable pese a su rostro apacible, de chica bien, hija de un rico abogado de origen checo y criada en alta sociedad de Washington. Guarda una foto que se hizo con nueve años al lado de Michael Phelps, su ídolo. Ya empieza a ser su gemela.

En la piscina de Río estuvo siempre por delante del récord mundial. Surcó los cien primeros metros en 57.05. Y en el 200, con 1.57.16, ya iba un segundo por delante de su plusmarca. Extraterrestre que fluye sobre la línea del agua. Surfea esa ola plana. Y tuvo gas y ganas para acelerar en los 50 metros finales y destruir el récord anterior por casi dos segundos. Al verlo en la pantalla sonrió con su tímido y suave rostro. Luego, en un guiño de rabia feliz, le dio un manotazo al agua. Acababa de descorchar su palmarés de oro en estos Juegos. Y no fue la única estrella de la noche.

Adam Peaty, un chaval británico de 1,91 metros y 86 kilos, era en 2012, durante los Juegos Olímpicos de Londres, un candidato claro a ser un hooligan. Andaba medio enredado con las piscinas, pero nada serio. Los fines de semana eran para los amigos y, como reconoció en la prensa de su país, para «emborracharse». Tiene cara de pillo. Un chico alegre de esos que cogen un vuelo a Ibiza y no salen de la discoteca de viernes a domingo. Hacia ese destino iba cuando, sin más, se sentó un rato a ver los Juegos londinenses por la televisión. Daban la prueba de 100 braza. Y allí estaba, con la bandera británica, Graig Benson. Fue un revelación. «Eso me inspiró. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Yo tenía que ser el siguiente», se conjuró. Apartó la botella y ya sólo se dedicó al agua. Cuatro años después de aquel fogonazo, ya es más que Benson. Mucho más. El sábado, en las series, batió el récord del mundo de 100 braza y desde esta madrugada es el nuevo campeón olímpico con otra plusmarca más. Un trago de oro.

Se ha bebido la piscina a bocanadas. Un año después de Londres 2012 mejoró tres veces su marca personal. Avanzaba a saltos. En 2014, apenas un recién llegado, rompió el récord mundial de 50 metros braza. Y el año pasado el Mundial fue suyo: tres oros. No tiene rival: es el único que ha bajado de la barrera de los 58 segundos. Lo ha hecho en tres ocasiones. Sólo él ha surcado esas aguas. Su récord mundial, 57.55, es un muro para el resto. El oro estaba cantado. Cuatro años después de toparse con su vocación al ver por la televisión la anterior final olímpica, Peaty se ha quedado con toda la pantalla. Quiso ser marine de la armada británica y ha acabado enarbolando la bandera de su país en los Juegos. Misión cumplida y a un ritmo trepidante.

Y tras ellos llegó el momento de Michael Phelps. El americano lideró al equipo de relevos del 4×100 y se colgaron el oro, el número 19 de su carrera olímpica que supone su 23ª medalla. Nadaba con Dressel, Held y Adrian, con el segundo mejor tiempo de las series. Él lo hacía segundo y demostró su poderío dejando un segundo de ventaja con sus rivales a falta de dos relevos. Ninguno de ellos falló y Phelps sumó un nuevo metal, uno más y van 23 para el «Tiburón de Baltimore», que espera sumar alguma más en lo queda de Juegos.

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